«Hay una alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudas, eternamente condenadas a permanecer sin voz entre nosotros.Es la situación de extrema y total humillación la que es también condición del paso a la verdad. Es una muerte del alma... Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla. Ponerse en el lugar de un ser, cuya alma está mutilada por la desgracia, o en peligro inminente de estarlo, es aniquilar la propia alma. Es más difícil que lo que sería el suicidio para un niño encantado de vivir. Así, los desgraciados no son escuchados. Están en la situación en que se encontraría aquel a quien se hubiera cortado la lengua y que, por un momento, lo hubiera olvidado. Sus labios se mueven y ningún sonido llega a los oídos. Ellos mismos quedan rápidamente afectados por la impotencia de utilizar el lenguaje ante la certeza de no ser oídos.No hay esperanza para el vagabundo que está de pie ante el magistrado. Si a través de sus balbuceos brota algo desgarrador que atraviesa el alma, no será escuchado ni por el magistrado, ni por los circunstantes. Es un grito mudo. Y los desgraciados entre ellos son casi siempre también sordos, los unos para los otros. Y cada desgraciado, bajo la presión de la indiferencia general, trata, mediante la mentira o la inconsciencia, de hacerse sordo a sí mismo.El espíritu de justicia y el espíritu de verdad no son sino solamente uno, porque la desgracia y la verdad tienen necesidad, para ser oídas, de la misma atención. El espíritu de justicia y de verdad no es otra cosa que una cierta especie de atención, que es la del puro amor.»· Simone Weil.
16.5.26
De Reflexiones Sobre las Causas de la Libertad y de la Opresión Social III
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